¿Náuseas?

Uno de mis mayores temores cuando me quedara embarazada eran las náuseas. Ya dije en algún post que no me gusta comer… no encuentro el placer en ingerir alimentos, lo hago porque lo necesito, pero hasta los 22 años no he tenido la sensación de hambre nunca. Todavía se percibe la desesperación de mi madre cuando cuenta cómo me ataba a la silla y me tenía dos y hasta tres horas en la mesa sin televisión ni juguetes para que me comiera un plato y yo seguía teniendo la voluntad más fuerte. Es más, recuerdo perfectamente cuánto lloraba cuando me hacía ingerir cápsulas para tener hambre… Lo reconozco, darme de comer era una pesadilla.

Cuando descubrí el hambre se me abrió el apetito… De repente todo era comestible, tuviera el sabor que tuviera (menos la fruta), pero no me negaba a probar lo más absurdo del mundo. Recuerdo un día que un compañero vino a traerme algo que le regalaron: lenguas de pato. Era una bolsita como de chuches cerradas herméticamente que tenía dentro 3 o 4 lenguas de pato que se vendían en tierras orientales, me los ofreció… Y me los comí. Por cierto, saben a choped.

Y no sé porqué, pero Futuro Papá afirma que tengo un estómago a prueba de bombas. Una vez fuimos a uno de nuestros restaurantes favoritos con unos amigos, comimos lo mismo… y al día siguiente tuvieron todos gastroenteritis, menos yo. Me ha visto comer cosas que a nadie le sentaría bien y revolvería el estómago de cualquiera… y ahí estaba yo, sin inmutarme lo más mínimo. La apertura de mi apetito ha sido épica desde entonces…

Y hasta ahora.

Yo me esperaba tener esas náuseas en las que te pasas el día disimulando que vas corriendo al servicio para deshacerte de lo que has ingerido últimamente. O al menos rechazando todos los olores habidos y por haber… también corriendo al cuarto de baño. Me esperaba esas náuseas en las que rechazas comidas en concreto porque pensar en ellas se te revuelve el estómago…

Como cuando tenía ganas de patatas fritas y pensar en ellas se me quitaban las ganas de comer.

Has leído bien: se me quitan las ganas de comer, pero en ningún momento se me revuelve el estómago. Hoy de camino al trabajo me vino a la mente lo parecida que es mi sensación como cuando mi madre me obligaba a comer… No es que tuviera náuseas en su término conocido por lo que se suceden las arcadas o te planteas ir al baño. Si no que es como cuando se me cierra el estómago. Llega la hora de la comida y siempre hay algo mejor que hacer, no la echo de menos en absoluto y de ninguna manera.

Claro que ahora no soy la niña pequeña dependiente… Ahora hay un ser que depende de la comida que ingiero. Y sin abusar, procuro tenerle bien alimentado. ¡Hasta como fruta! No os imagináis la fuerza de voluntad que hay que tener para ello. Futuro Papá se sienta a mirarme cuando como fruta porque dice que es todo un espectáculo…